dilluns, 11 de gener de 2010

Emancipación masculina

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Emancipación masculina

EUGENIO SUÁREZ


Quizá sean imaginaciones mías pero percibo que, de un tiempo a esta parte, al socaire de acontecimientos importantes, sacudidas violentas entre las bases de la sociedad, desde la sensible parcela económica, se está produciendo un sinuoso movimiento que afecta a la mitad de la humanidad. Me refiero al estado de la población masculina que ha vivido literalmente aterrorizada durante las últimas décadas. Un sentimiento de culpa genérico y específico ha confinado al género varonil en las cuerdas, en el rincón, donde estaba recibiendo una severa somanta, por el hecho de serlo. ¿Justicia inmanente, castigo merecido, revancha justiciera? Lo que ustedes quieran, pero las antiguas componentes del bello y débil sexo nos han tenido con la espalda pegada al tatami y quizás su buen corazón ha impedido que nos remataran sin remedio.

Compruebo que son muchas las mujeres que se adhieren a la postura del juez Serrano

No voy a traer aquí el tema del juez de Sevilla, don Francisco Serrano Castro, que ha cometido la temeridad de sugerir la falsedad o fingimiento de cierto número de denuncias de maltrato. Se descompuso el soñado equilibrio de los sexos, pasando, como el botafumeiro de Santiago, de un lado a otro en la amplia nave de los locos que es el perro mundo, descabalgando al macho del supuesto predominio que gozó durante siglos o milenios. Si aludo a esta parte del combate es porque, con cierta asombrosa esperanza, compruebo que están siendo muchas las mujeres que se adhieren a la postura del juez, compadecidas de la triste y ridícula derrota masculina, que estaba a punto de convertir la deseada igualdad en una aplastante supremacía, o sea, algo a lo que tan aficionados somos los españoles, en este caso haber convertido una legítima aspiración y un serio retoque a la desigualdad en algo que nos gusta por encima de todo: una guerra civil, o lo más parecido.

Para mi modesto caletre, no es una lucha por la igualdad, sino por la preponderancia, ni interviene todo el colectivo -femenino y masculino-, sino unas fracciones que convierten la aspiración legítima en una manera de ganarse la vida y emplear las horas del día, y esto lo supongo en algunas de las docenas o centenares de organizaciones que se han alzado en defensa de la mujer. Cuando hay que defender algo es por su debilidad o porque se encuentra atacado y en peligro, y me parece que desde la confusión se pierden la perspectiva y los papeles.

Soy muy mayor para que me duelan prendas, pero créanme que no movería un dedo por salvar del linchamiento a un maltratador habitual que termina la faena asesinando a su pareja. Algo no funciona como se prevé, pues no cabe duda de que aumentó el número de homicidios, al haberse transitado, sin solución de continuidad, del papel de víctima casual de quien prometió amarla y cuidarla hasta el fin de los días, tenga o no mal vino o se comporte como un bruto, a no pasar ni una, denunciar al brutal sujeto, cuando no se dispone de las garantías para impedir la comisión un acto irreversible.

Mucho de lo que uno ha visto señala que a la fértil imaginación femenina le da alas y forma la iniquidad de algunos abogados especialistas, que aconsejan y preparan trampas en las que caen, con docilidad, jueces y jurados. La más elemental justicia es la que, con mayor frecuencia de lo que se sabe, aplican los parricidas a su comportamiento: el tiro de escopeta en la boca o la cuerda para colgarse de una higuera o de un montante. Ahí tenemos, bastante repetido, el balance de dos por el precio de uno, con la secuela, en la mayoría de los casos, de unos hijos menores que, en no pocas ocasiones, han presenciado el doméstico espectáculo.

Asistimos, pues, desde hace un tiempo, a una inédita revolución en la especie. El paterfamilia, cuya tarea consistía en traer la comida, vestir a la prole y a la compañera y defenderlos ante cualquier peligro exterior, resulta muy devaluado, pues la mujer hace las mismas tareas. En el pasado -con muchas excepciones- ellas eran mujeres de su casa y corrían con tareas cuya delegación era impensable. Ahora el varón está siendo desplazado de los puestos de trabajo y esto sería justo en el caso de que ellas sean mejores, pero la práctica, en ciertos altos niveles, demuestra una indeseable discriminación: que sean elegidas por su sexo, por la cuota, por un imposible rasero aritmético.

O sea, que veo a mis congéneres, dentro de cierto tiempo, yendo al bar con burka, reduciendo y trivializando la cuestión.